Venezuela y el Petróleo

Es oficial, Venezuela tiene las reservas petroleras más grandes del mundo. Sus enormes reservas lo han convertido en un importante jugador desde principios de siglo pasado hasta nuestros días, y la costosa extracción de este oro negro es superada con creces por los increíbles ingresos que la misma genera. Pero aún más, Venezuela está, bajo el mandato del presidente Chávez, explorando en búsqueda de nuevas reservas que garanticen un futuro en el que el petróleo sea una fuente virtualmente interminable de ingresos.

Poniendo un poco en perspectiva al lector, actualmente Venezuela tiene unas reservas probadas de 297 mil millones de barriles, lo que supera incluso a Arabia Saudita, cuyas reservas son de aproximadamente 266 mil millones de barriles. Además, a la tasa de producción petrolera actual de Venezuela, de aproximadamente 2,8 millones de barriles diarios, el petróleo le permitiría al país producir y vivir del petróleo durante al menos 200 años más.

Ciertamente, 200 años es mucho más tiempo del que los seres humanos tenemos para vivir, y es tiempo suficiente para ver nacer y crecer a casi diez generaciones, y para ver morir a aproximadamente seis de ellas. Es muchísimo tiempo, y son muchos los venezolanos que de aquí a que se acabe el petróleo podrán vivir y trabajar para transformar el país hacia uno desarrollado, donde haya inclusión y bienestar para todos.

Venezuela, entonces, que viene produciendo petróleo desde 1922, tiene una historia petrolera de 90 años, y basado en los número arriba mencionados, ya ha vivido casi un tercio de su vida petrolera, asumiendo una vida productiva de 290 años, y que esa cifra no cambie por la falta de más yacimientos explotables en el futuro. Sin embargo, frente a ese extenso eje temporal, podemos decir que aún quedan posibilidades de un mejor futuro para Venezuela, gracias al petróleo, en los próximos dos siglos.

Si PDVSA retomara la tasa de producción anterior a la era del presidente Hugo Chávez, de alrededor de 3,5 millones de barriles diarios, Venezuela aún tendría reservas más grandes de lo que la mente humana puede comprender, y más grandes de lo que podremos consumir o exportar en nuestras vidas (las vidas de los lectores en este momento), a la tasa que sea, dentro de lo tecnológicamente posible en la actualidad.

Independientemente de todo lo anterior, en estos 90 años de historia petrolera, ha sido muy corto el tiempo durante el cual el inmenso ingreso petrolero se ha traducido en una verdadera mejora para la calidad de vida de los venezolanos. Quizás desde inicios de la década de 1920, cuando comenzó la explotación petrolera y se dio el éxodo poblacional del campo a las ciudades, cuando la población pasó de ser mayoritariamente rural a ser principalmente urbana, y hasta la década de los años 1970, en el que el gasto público llegó a niveles nunca antes vistos en el país, y la calidad de vida para la población se convirtió en una exacerbación de los subsidios del Estado, fue cuando el venezolano pudo palpar una mejoría en su calidad de vida producto del ingreso petrolero. Época en la que el país tuvo que transformarse aceleradamente para poder asimilar el alto nivel de ingresos y una población creciente y necesitada de trabajo. Fue una época en la que muchos jóvenes fueron becados para estudiar a las mejores universidades del mundo y volvían luego de terminar, porque querían trabajar para construir su país.

Aún en ese periodo de bonanza y transformación, la incorrecta distribución de la riqueza petrolera generó un enorme sector flotante de la población; gente que no tenía la preparación, ni acceso al trabajo, gente que terminó llenando los cerros de Caracas de viviendas improvisadas; gente que pasó a formar parte del cinturón de pobreza de las principales ciudades del país, gente que nunca ha visto una mejora en su calidad de vida, sino que pasó de ser rural, hace muchos años, a ser directamente marginal.

Entonces, puede que en 50 de estos últimos 90 años haya habido mejoras importantes en la calidad de vida del venezolano; por la transformación que ocurrió. Pero, desde antes de Gómez y hasta hoy, el sistema de gobierno ha ido mutando; hubo dictaduras, golpes de Estado, el nacimiento de una democracia y su caída 40 años después en un régimen democráticamente autoritario, con crisis de gobernabilidad y, sobre todo, mal manejo de los fondos del Estado; situaciones que han llevado al venezolano a vivir en zozobra, en la medida en que ha visto su calidad de vida desmejorar hasta niveles insospechados; inflación, desempleo, anarquía, inseguridad, impunidad, y hasta ausencia de asombro ante todo lo anterior.

Es justificable pensar que la manera explosiva en que el dinero comenzó a llegar a aquel país agrario y poco preparado generó en sí misma las desigualdades que Venezuela tiene desde el punto de vista social, porque es difícil gestionar, y aún más transformar tal cantidad de dinero en bienestar para la población de manera rápida, y más cuando no se sabe cómo hacerlo. Igualmente en lo político, tal cantidad de ingresos puso a los gobiernos en una situación de abundancia y virtual infinitud de recursos, lo que estimuló el desarrollo de un aparato corrupto, en el que el dinero literalmente “sobraba”.

El problema ahora es que la desviación ha sido tal que, actualmente, el dinero que más tarde llega es el que va dirigido a la mejora de la calidad de vida de los venezolanos.

Al día de hoy, el gasto público no está dirigido a generar bienestar social, a pesar de que este tema sí está de primero en la agenda de las peroratas eternas de nuestros dirigentes. El gasto público, al día de hoy, pareciera estar dirigido estratégicamente a tomar control y acaparar aún más los cada vez más escasos recursos del país, a convenios de intercambio en el que se pagan barriles de petróleo con pantalones, a generar una economía cada vez más subsidiada. Un círculo vicioso en el que el dinero se usa para acaparar más dinero y más poder.

Y es así como la corrupción está presente desde antes del comienzo de la explotación petrolera en Venezuela; comenzando por un caudillismo necesario, pugnas políticas por ansias históricas de diversos grupos de hacer de Venezuela una hacienda, un feudo al servicio de conquistadores españoles y subsecuentes dinastías de oligarquías, de todos los colores. Esto ha sido origen de los abusos y ha dado pie a una creciente arbitrariedad en los gobiernos, sin ánimos de criticar puntualmente a una gestión, y criticando a todas por igual.

Ante perspectivas como la anterior, si Venezuela no ha podido transformar el inmenso ingreso petrolero que ha tenido en los últimos 90 años en verdadera calidad de vida para su población; ¿Qué indicio podemos tener de que en los restantes 200 años vamos a poder hacerlo?

Como venezolanos, todos queremos creer que el país tiene todo para llegar a ser una economía avanzada, donde los habitantes verdaderamente puedan palpar una calidad de vida como existe en países del primer mundo, como Australia o Canadá, por mencionar dos países ricos en recursos naturales y minerales que han transformado sus economías y las han diversificado, como pudiera ser el caso de Venezuela.

La realidad es que Venezuela está muy lejos de lograr esto, y no por falta de recursos naturales, ni de dinero; sino por falta de voluntad; porque nuestros dirigentes han estado preocupados más por sus agendas particulares, porque han permitido que el sistema se colapse sobre sí mismo. Por falta de educación; porque un pueblo ignorante es más fácil de manejar y exige menos, pero la raíz de todo es principalmente la corrupción histórica, que obstaculiza todo intento de mejorar, un monstruo que crece y se come todo, frustra las buenas voluntades y compra las buenas ideas, y que al momento actual, es imposible de erradicar.

Quizás Venezuela pueda alcanzar el tipo de transformación que ha vivido Dubai cuando esté cercana a una suerte similar, dentro de unos 180 años, y esté al borde de la extinción de sus yacimientos petrolíferos. Eso asumiendo que no se den más hallazgos de reservas petrolíferas que extiendan el horizonte temporal a 300 o 400 años más de bonanza. Ya que para los gobiernos pareciera ser suficiente con tener sendas reservas y explotarlas, y no existe una verdadera preocupación por diversificar nuestra economía. Y esto no es un discurso nuevo, es lo que Arturo Uslar Pietri llamaba “sembrar el petróleo”.

Venezuela, aunque nos cueste creerlo a los venezolanos, es ahora un país pobre, y muy pobre. Tiene riquezas enormes, pero la falta de aprovechamiento de las mismas nos ha dejado con una sola fuente de ingresos enorme, con un gasto público elevadísimo, y con una economía completamente regulada, endeudada y finalmente en bancarrota, con una distribución desequilibrada del ingreso y una gran parte de la población que vive con menos de un dólar al día, al mejor estilo de países con hambrunas que diezman su población. Somos un país pobre que va camino a ser más pobre cada vez, a pesar de tener las reservas petroleras más grandes del mundo.

Desde hace casi una década, Venezuela viene becando a sus jóvenes, a través de la venta de dólares a tasa preferencial, para que estudien en las mejores universidades del mundo, como lo hizo hace 30 años, pero esta vez los jóvenes aprovechan de quedarse viviendo y trabajando afuera, porque no ven futuro con un gobierno que castiga las iniciativas distintas de las propias y compite deslealmente con los generadores de empleo del sector privado.

¿Qué va a pasar en Venezuela cuando nos demos cuenta de que el ingreso petrolero ya no basta? Cuando veamos por fin la realidad, que nuestro país se ha deteriorado al punto de que las reservas petroleras más grandes del mundo no pueden arreglarlo, porque no ha habido ni hay voluntad para hacerlo, y porque no solo hace falta dinero, sino tiempo, y cada vez más tiempo. Tiempo que se ha desperdiciado en proselitismo, en demagogia, en tirar el dinero en alianzas comerciales con las sanguijuelas del mundo, y en guardar el restante de fondos en el bolsillo de testaferros.

No sé si verdaderamente el petróleo ha sido la maldición o la bendición de Venezuela. Ciertamente nuestra incapacidad para manejar tan envidiable fuente de recursos económicos ha sido la causante de nuestros problemas. Puede que el problema sea que ya los dineros públicos están distribuidos y gastados desde hace muchos años, y reestructurar el sistema para dar cabida a mecanismos que mejoren la realidad del venezolano es una tarea que nadie está dispuesto a llevar a cabo; porque es más fácil resignarse e integrarse, porque siempre ha habido y habrá pobres y porque si no robo yo alguien más lo hará.

Es difícil plantear una alternativa sencilla. Nadie tiene la respuesta y todos la tenemos a la vez. Quizás cuando aprendamos a trabajar juntos como país, sin diferenciaciones ni discriminaciones ideológicas; cuando nos eduquemos y adquiramos cierto criterio político, más allá de la dádiva, cuando aprendamos que el Estado somos todos y no una persona, y que la calidad de vida debemos exigirla y agradecerla, sin conformarnos, como lo hemos hecho hasta ahora, que agradecemos de que los miembros de nuestras familias lleguen sanos y salvos a sus casas en la noche.

Es un proceso lento, y mientras algunos lo siguen intentando, otros tantos ya tienen varios años viviendo fuera del país, y han encontrado sistemas en los que sus hijos tendrán las herramientas que Venezuela necesita desde hace décadas. Pero ya nuestros hijos no tendrán mayor arraigo, porque habrán crecido fuera de nuestra cultura, fuera de nuestros valores. Y trabajarán por otra patria, la que les abrió la puerta y les dio todas las herramientas que necesitan para vivir dignamente, para ayudar al país a crecer, sin miedos y llenos de orgullo. Ellos ya no volverán a trabajar por Venezuela.

¿Qué nos corresponde hacer  como venezolanos? Eso ya queda en la conciencia de cada uno.

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